Giuseppe Sinopoli: Lode della memoria

“La vida no es como la imaginamos”, dijo Giuseppe  Sinopoli, uno de los más grandes directores de orquesta de la última mitad del siglo xx, a Sergio Vela, en uno de sus tantos encuentros. El director de Arte & Cultura Grupo Salinas reflexiona en esta entrevista sobre los años de amistad que lo unieron al gran músico italiano, fallecido hace exactamente dos décadas, quien además de haber sido un entrañable amigo fue su guía intelectual. La figura de Sinopoli y sus interpretaciones de Strauss, Mahler, Bruckner, Brahms, Schumann, Wagner, Verdi y Puccini dejaron una marca indeleble en la historia de la música europea. 

Fernando Fernández (FF) ¿Quién fue, en pocas palabras, Giuseppe Sinopoli? 

Sergio Vela (SV): ¡Qué difícil responder, en pocas palabras, quién fue Giuseppe Sinopoli! Hablar de él como un Renaissance Man para explicar la singularísima conjunción de un médico y arqueólogo que fue un compositor de gran altura y que desplegó una actividad preponderante como director de orquesta de primera magnitud es, a mi juicio, una fórmula insuficiente. Me parece preferible considerarlo como una rara avis cuya genialidad fue tan celebrada como incomprendida. Era, además, una suerte de depositario de la memoria de un mundo que se desvaneció –o que se perdió sin remedio– desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. La destrucción de Europa no sólo fue material, sino moral. Stefan Zweig nos lo hizo ver; Richard Strauss, a su manera, hizo lo mismo. Giuseppe Sinopoli (extraordinario intérprete de Strauss) era una voz que, sin aspavientos, advertía que lo mejor de una cultura entera estaba quedándose en el pasado. La descomunal fuerza de la cultura judeocristiana occidental, con su raigambre clásica, tanto en el Mediterráneo como en las tierras alemanas (es mejor referirse a las variopintas deutsche Länder en plural que a la más problemática Deutschland) ha dejado grandes frutos tardíos o incluso decadentes; esa misma riqueza cultural ha permitido la quimera, el espejismo, de la continuidad de un derrotero que, aunque conflictivo, no implica una interrupción. Tengo para mí que Sinopoli, como Zweig, entendió que no sólo ocurrió una interrupción, sino una auténtica destrucción. ¡Cuántas veces dijo, refiriéndose a equis, ye o zeta, que questo non esiste più!

 

Giuseppe Sinopoli, Egipto, 1994. Fotografía de Andrea Andermann. Fuente: Giuseppe Sinopoli (sitio web).

 

 

FF: ¿Cómo se conocieron tú y él?

SV: A comienzos de los años ochenta –en mi adolescencia tardía y en la primera juventud– tuve conocimiento de Sinopoli a través de una serie de grabaciones importantes de música contemporánea (Sylvano Bussotti, Bruno Maderna, Giacomo Manzoni y Arnold Schoenberg), que me llamaron poderosamente la atención. ¡Pero a continuación, para mi asombro, a esa serie de grabaciones siguieron otras, refulgentes, de la música coral de Brahms, del primer Verdi (tantas veces injustamente menospreciado), de Mendelssohn, Schubert, Puccini y Schumann! Naturalmente, Sinopoli, que había comenzado por interpretar los frutos tardíos, o incluso terminales, de una larga historia musical, se convirtió también en un expositor de los orígenes decimonónicos de esos mismos frutos. No fue más atrás por falta de tiempo; sin embargo, sus escasas excursiones hacia Haydn o Mozart son imborrables para mí.

Sergio Vela y Giuseppe Sinopoli Nueva York, 1985. Archivo personal de Sergio Vela.

“A mis 21 años de edad, yo buscaba afanosamente el consejo, la guía intelectual, que me pudiera ayudar a encauzar mis inquietudes artísticas, y fui al concierto no sólo para escuchar por primera ocasión una orquesta dirigida en vivo por Sinopoli, sino por el interés de iniciar con él un diálogo que, para fortuna mía, no se interrumpió sino hasta su muerte”.

 

En 1985 visité por tercera ocasión el Festival de Bayreuth: Sinopoli había sido invitado a dirigir ahí una nueva producción de Tannhäuser und der Sängerkrieg auf Wartburg, en la temprana versión de Dresde, nunca antes ofrecida en el teatro que Wagner mismo hizo construir. Durante mi visita al Festival, ese año acudí al segundo ciclo del bellísimo aunque malhadado Der Ring des Nibelungen de Sir Peter Hall y, en el día libre entre Siegfried y Götterdämmerung, la orquesta del Festival, con orgánico instrumental reducido, ofreció un concierto gratuito, muy ameno (Haydn, Mozart y Wagner), en un escenario campirano al aire libre, en el lago Goldberg de Marktschorgast, dirigido por Giuseppe. (Un poco más adelante supe que ese tipo de presentaciones de corte popular era parte de una tradición de los músicos de la orquesta para dar la bienvenida a un nuevo director, y la relación de Giuseppe con Bayreuth apenas comenzaba. Este vínculo fue intensísimo: dirigió ahí quince veranos consecutivos –salvo en 1989– entre 1985 y hasta 2000, el año previo a su fallecimiento.) A mis 21 años de edad, yo buscaba afanosamente el consejo, la guía intelectual, que me pudiera ayudar a encauzar mis inquietudes artísticas, y fui al concierto no sólo para escuchar por primera ocasión una orquesta dirigida en vivo por Sinopoli, sino por el interés de iniciar con él un diálogo que, para fortuna mía, no se interrumpió sino hasta su muerte. Así, en las afueras campiranas de Bayreuth, y tras escuchar el concierto de corte clásico, me acerqué a Sinopoli, me presenté con él, le dije que buscaba su consejo y entablamos una candorosa conversación. Él, con una gentileza inesperada, me dio su número de teléfono y su domicilio de Roma –donde vivía desde ese entonces–, y me dijo que le daría gusto que pudiéramos hablar in extenso ahí, en cuanto fuera posible que coincidiéramos con calma en esa ciudad. Nos despedimos y le dije que pasaría a saludarlo después de la función de Tannhäuser para la que yo tenía entradas, unos días más tarde. Recuerdo bien la estupefacción de la amiga austríaca con la que me hallaba, pues al percatarse de la cordialidad y lo prolongado de la charla entre Sinopoli y yo, supuso no sólo que ya nos conocíamos de tiempo atrás, sino que había entre nosotros una franca simpatía, si no es que amistad. Angele, mi amiga, pensó que le estaba tomando el pelo cuando le dije que ese encuentro con Sinopoli era apenas el primero, y le expliqué cuánto me interesaba contar con él como un mentor. Por cierto, el Tannhäuser de 1985 fue musicalmente impecable, y la aprobación del público y de la crítica especializada fue unánime: Giuseppe Sinopoli, el cuarto director italiano que participaba en el Festival de Bayreuth –tras Arturo Toscanini en 1931 y 1932, el gran Victor de Sabata en 1939 y el inexplicablemente preterido Alberto Erede en 1968– mereció y obtuvo los laureles del éxito genuino con sus versiones de Tannhäuser (de 1985 a 1988 y en 1990), Der fliegende Holländer (de 1990 a 1993) y Parsifal (de 1994 a 1999). En cambio, la recepción de su Anillo, de 2000, no fue homogénea, e incluso podría hablarse de desconcierto o hasta de incomprensión. Giuseppe tenía en mente una serie de modificaciones para sus próximas lecturas del Anillo, previstas para 2001 y 2002 al menos, pero su partida, en abril de 2001, truncó sus planes.

En julio de 2000 se representó Der Ring des Nibelungen en el Festival de Bayreuth. Fuente: Giuseppe Sinopoli (sitio web).

 

En otoño de ese mismo año, en Nueva York, escuché por primera vez la música compuesta por Sinopoli, cuando dirigió la Suite de “Lou Salomé”, su única ópera, estrenada en Múnich en 1981. ¡Qué gran música! Nos vimos en esa ocasión (Nueva York, como Bayreuth, sería un sitio de encuentros frecuentes entre nosotros) y me reiteró la invitación para visitarlo en Roma. En el verano de 1986 nos vimos en Bayreuth y Lucerna (donde escuché por primera vez una interpretación suya de Bruckner), y finalmente llegué a su casa romana –donde tantas veces he estado–, y fui recibido con la mayor calidez, en vísperas de Nochebuena. Quizá pueda yo fijar por esa época el inicio de la amistad que nos unió, y que fue construida por ambos.  

 

“Fui invitado por Gastón Fournier Facio, coordinador de un volumen monográfico sobre Sinopoli, de próxima aparición en Italia, a participar en el libro con alguna contribución de naturaleza personal. Naturalmente, accedí”.

 

Hace relativamente poco tiempo, fui invitado por Gastón Fournier Facio, coordinador de un volumen monográfico sobre Sinopoli, de próxima aparición en Italia, a participar en el libro con alguna contribución de naturaleza personal. Naturalmente, accedí (mi colaboración –un largo poema– fue entregada hace ya varios meses) y, para elaborar mi texto, me di a la tarea de hacer un listado de los encuentros que tuvimos Giuseppe y yo. Después de los que ya he mencionado aquí, nos vimos de nuevo casi cada año en Bayreuth lo mismo en Nueva York o Chicago; en Pésaro, por invitación suya, con un inolvidable Haydn y el más bello Stabat Mater de Rossini que jamás haya escuchado; en Salzburgo, en ocasión de su tardío y formidable debut, en 1990; en Dresde, durante la última década del siglo; en México, por invitación mía y, al final, en California, para sonreírnos al evocar La fanciulla del West.

Sergio Vela y Giuseppe Sinopoli cocinando juntos en Chicago, otoño de 1985. Archivo personal de Sergio Vela.

 

FF: ¿Hasta dónde se notaba la raigambre italiana de su cultura en el género de música que practicó, dedicada por cierto en buena medida a los compositores alemanes? 

SV: El aprendizaje inicial de Giuseppe Sinopoli fue de la mano de algunos grandes músicos italianos, entre los que cabría mencionar a Bruno Maderna, Luigi Nono y, muy especialmente, Franco Donatoni. Sin embargo, la Escuela de Darmstadt, con sus Internationale Ferienkursen für Neue Musik (Cursos internacionales de verano de música contemporánea), donde la influencia de la escuela alemana –con la presencia reiterada de Stockhausen, así como de tantas otras figuras relevantes de la segunda mitad del siglo XX– fue determinante en el afán de experimentación inicial de Sinopoli, así como en la evolución de su propio lenguaje. 

Como intérprete, los nombres de Wagner, Liszt, Bruckner, Mahler y Strauss resultan más que notables en el repertorio de Sinopoli (junto con Beethoven, Von Weber, Schubert, Schumann, Brahms, Zemlinsky, Busoni y la Segunda Escuela de Viena –Schoenberg, Berg, Webern–; sin embargo, no hay que olvidar que, desde sus albores y a lo largo de toda su vida como director, Verdi y Puccini (y hasta Mascagni) fueron abordados de manera brillante e inusitada por Sinopoli. Aida fue la primera ópera que dirigió, en La Fenice de Venecia en 1976, y fue también el título postrero, un cuarto de siglo después, ya que falleció en Berlín, en 2001, durante el tercer acto de Aida

En realidad, Giuseppe tenía una mente analítica que le permitía diseccionar los detalles más recónditos de las partituras. Tempranamente, solía afirmar que el análisis libera las emociones (“L’analisi fa sprigionare liberamente le emozioni”), y con esta premisa como forma de trabajo, sus ensayos eran realmente minuciosos, con especial atención a las llamadas “voces intermedias” (¡cuántas veces, al escuchar conciertos o grabaciones bajo la dirección de Sinopoli, una ingente cantidad de detalles musicales, que habitualmente pasan más o menos desapercibidos, adquirían un relieve insospechado, lo que permitía escuchar de manera renovada la partitura en cuestión!). Al cabo de los ensayos, él mismo dejaba atrás la rigurosa templanza de su mente analítica y aparecía ante la orquesta y el público un individuo nervioso, encendido, dispuesto a la mayor entrega, cargado de intensidad emocional. El psicoanalista daba paso al artista que, poseso, desencadenaba las fuerzas primordiales del significado –siempre ambiguo– de la música. 

Sergio Vela y Giuseppe Sinopoli, Bayreuth, 1989. Archivo personal de Sergio Vela.

Aida fue la primera ópera que dirigió, en La Fenice de Venecia en 1976, y fue también el título postrero, un cuarto de siglo después, ya que falleció en Berlín, en 2001, durante el tercer acto de Aida”.

 

Con todo esto quiero decir (aunque con muchos matices) que los rasgos que solemos predicar de la cultura alemana –el orden racional, el rigor, el conocimiento de las estructuras, etcétera– eran el punto de partida para un despliegue emocional que asociamos fácil y frecuentemente con el temperamento meridional, mediterráneo, incluso para subrayar la enorme carga de expresión subjetiva de la música alemana o, por el contrario, la hondura y las complejidades formales, casi siempre soslayadas, de la música de Verdi o de Puccini. Es extraordinario que estos dos aspectos, aparentemente antitéticos, hayan estado presentes en una misma persona, y supongo que esta peculiaridad es uno de los rasgos distintivos de su genio.

 

FF: ¿Cómo influyeron en su trabajo musical, si es que fue así, su formación como médico psiquiatra y su gran afición por la arqueología?

SV: Uno de los intereses más profundos y acendrados en la vida de Sinopoli era la relación entre el pasado y la memoria, por una parte, y nuestro entendimiento del presente, por otra. Para él, la naturaleza terapéutica de la medicina en general (con especial atención a los procesos complejos de la mente) no estaba disociada de la índole salutífera de la música. Más aún: la honda reflexión sobre los vericuetos de la psicología –y del psicoanálisis en particular– era una herramienta más en la exploración del pasado y de la memoria. Por lo mismo, la arqueología, como recuperación consciente de un tiempo pretérito soterrado, era un aspecto más de la misma indagación. “Noi siamo la nostra memoria”, solía decir, con especial tino.